El 20 de febrero de 1909, Alfonso XIII hizo una visita a la famosa escuela de aviación de Pau, en el sur de Francia. El rey de España se sentó en un Flyer Modelo A junto al inventor del aeroplano, Wilbur Wright, y escuchó atentamente sus explicaciones acerca del funcionamiento del aparato. Estos dos personajes del siglo XX no podían ser más diferentes en su trayectoria personal, pero parece que se llevaron bien. Wilbur hizo algunas exhibiciones aéreas, pero el rey no voló (tardó mucho tiempo en conseguir un viaje aéreo, por el temor del Gobierno a un accidente fatal), aunque no cabe duda de que, como buen sportman, (el rey de España era un monarca con mucho tiempo libre y gran afición a la caza, las regatas, los caballos y las diversiones al aire libre en general) habría disfrutado con la experiencia.
En 1909 el avión era un invento inocente, lleno de posibilidades sin explorar. Aunque los Ejércitos y las Marinas de todo el mundo ya le habían echado el ojo tras prolongadas negociaciones, el Ejército de los Estados Unidos había adquirido un Flyer A unos meses atrás, el primero de su inventario, apenas se sabía como sacarle partido desde el punto de vista militar. Las posibilidades lúdicas del aeroplano, no obstante, eran evidentes. En un dibujo publicado por la revista satírica Gedeón titulado “Nuevo deporte”, la raqueta de tenis, el automóvil, el balandro y la escopeta saludan alborozados la llegada de un nuevo compañero de juegos: el aeroplano [1].
El mismo día de la visita real a Pau, Marinetti publicó en Le Figaro de París su Manifiesto Futurista. Aunque huero y confuso, aludía a la máquina, la velocidad y la belleza de la violencia. Más tarde Marinetti contribuyó a crear la mística fascista de la aviación, que tuvo gran desarrollo en la Italia de Mussolini. Pero todo eso parecía lejano en los tranquilos días de Pau. Las escuelas de vuelo francesas estaban llenas de alumnos, que luego volvían a sus países de origen difundiendo la buena nueva del nacimiento de la aviación y llevándose de paso algún Maurice Farman o algún Blériot XI. Y los pilotos franceses dominaban el lucrativo negocio de las exhibiciones aéreas.
En España, 1909 fue el año en que el país emprendió la marcha hacia la locura. El “gobierno largo” de Antonio Maura, que había prometido al país la paz y la prosperidad a través de una “revolución desde arriba” cayó después de la Semana Trágica de Barcelona, una sublevación popular aplastada por el Ejército a cañonazos, y del desastre del Barranco del Lobo, en las estribaciones del monte Gurugú de Melilla, donde los rifeños insurrectos pusieron en fuga a las tropas españolas y les hicieron mil muertos. El Ejército español se enfrentó así a sus dos grandes enemigos: los incivilizados aldeanos del norte de Marruecos y las igualmente semisalvajes clases proletarias españolas. La guerra que se inició en 1909 terminó en 1939 con la victoria de las fuerzas del orden, y en su triunfo tuvo un papel no pequeño la aviación.
El Modelo A que Wilbur Wright enseñó al monarca español fue el canto de cisne de los famosos hermanos. En 1908 superó de largo a todo lo que los constructores europeos podían ofrecer, pero en 1909 inventores como Blériot o Maurice Farman (a quien también visitó Alfonso XIII) ya habían dejado atrás la tecnología Wright.
El rey de España nunca abandonó su interés casi obsesivo por la aviación. Visitaba frecuentemente el aeródromo de Cuatro Vientos y las instalaciones para dirigibles de Guadalajara, y llegó a volar en un dirigible militar. Su interés se vio reforzado más tarde por su participación en la empresa de fabricación de aviones La Hispano (anterior Hispano Suiza), de la que llegó a poseer el 8 por ciento del capital.
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[1] Gedeón, 28 de febrero de 1909.