Los escasos y valiosos pilotos existentes España en julio de 1936, ya fueran profesionales militares o civiles, o amateurs, se repartieron entre los dos lados durante los primeros días de la guerra, a veces por el sencillo procedimiento de volar con su avión hasta la zona enemiga. El reparto de oficiales favoreció a los nacionales, que también se quedaron con un buen puñado de ricos pilotos de aeroclub. La República se quedó con la mayoría de los servicios técnicos, mecánicos y personal de apoyo, por lo general sargentos o militares de baja graduación.
El problema estaba en que formar a un piloto de aeronaves resultaba muy costoso en tiempo y recursos. No se podía improvisar ni aprender en un manual. La tradición de improvisación de la República, que le llevaba a pergeñar una unidad de pontoneros con el único auxilio de unos manuales viejos (la única unidad existente en España se había quedado en Zaragoza) no servía en este caso. La organización de la enseñanza del vuelo debía hacerse con aviones de escuela, máquinas caras y propensas a la destrucción por la misma inexperiencia de los pilotos, y necesitaba sobre todo aviadores expertos que transmitieran sus conocimientos a los neófitos. El caso de Benjamin Foulois, a quien el Ejército de los Estados Unidos ordenó que aprendiera a volar por sí mismo el único aeroplano disponible, es único.
Con su característica manera de puntillosa burocracia, la República diseñó, al menos sobre el papel, un ambicioso plan de escuelas aéreas que partía de las elementales, seguía con las de Transformación (en piloto de guerra o aviador militar) y se dispersaba luego en escuelas de Caza, Bombardeo, Polimotores, Alta Velocidad (para aprender a guiar los Moscas), vuelo sin visibilidad, vuelo nocturno, etc. Los primeros pilotos que sivieron a la República fueron los que quedaron de la antigua Aviación Militar, capitaneados por Hidalgo de Cisneros, un aviador militar con experiencia en África, aristócrata y comunista, algunos de los aeroclubes de Barcelona y Madrid y un puñado de voluntarios franceses y de otras nacionalidades venidos con los aviones de la Escuadrilla España de Malraux. Tan valioso era un piloto, dentro del pensamiento general de la época que asignaba poderes casi sobrenaturales a la aviación, que algunos de los contratos de los pilotos mercenarios eran astronómicos. En un país donde diez pesetas diarias se consideraba un buen jornal, algunos firmaron sueldos de 50.000 francos mensuales pero también hubo otros que dijeron que “no querían dinero por defender la causa de la justicia”.
Los primeros en aprender a volar fueron los del personal de apoyo en tierra: mecánicos, armeros y soldados de aviación. En la estructura jerárquica de la aviación de antes de la guerra, donde los pilotos eran en un porcentaje abrumador oficiales, habrían tenido pocos oportunidades. Más adelante la aviación republicana buscó pilotos entre los soldados y oficiales del ejército de tierra, cada vez más cansados de tragar polvo y pisar barro en una guerra cuyo fin no se veía por ninguna parte.
La calidad de la enseñanza variaba, pero en general las horas de vuelo eran muy escasas para lo corriente entre los aviadores militares de la época, y hubo pilotos que se encontraron a los mandos de un I.15 tras apenas 30 o 40 horas de experiencia. Como los toros de lidia, los pilotos militares eran sometidos a una tienta para probar su bravura: si demostraban agresividad, ingresaban en la escuela de caza, en caso contrario se iban a la de bombarderos o transportes. El grado máximo a que podía aspirar un aviador republicano era el de ser piloto de Moscas (Polikarpov I.16), la élite dentro de la élite que suponía servir en la Gloriosa. Como recuerda un piloto de su experiencia en la escuela de La Ribera, próxima al Mar Menor, [fuera de la escuela] "allí comenzaba un mundo de familias apiñadas con el ganado, niños con tracoma y mujeres tétricas; gente para la cual nosotros con nuestros uniformes flamantes seguíamos resultando “los señoritos””[1].
Muchos instructores eran soviéticos, tanto en España como en la escuela de pilotaje que se organizó en Kirovabad, ciudad bautizada así en 1935 en honor de Serguei Kirov, asesinado el año anterior en Leningrado. Hoy ha recuperado su antiguo nombre de Ganja, y la antigua República Socialista Soviética Azerbaiján es una república independiente. El Gobierno republicano financió la construcción de una escuela de pilotaje completa, con capacidad para 200 alumnos.
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[1] Juan Sayós: Un aviador de la República, en “Las escuelas de caza republicanas: La Ribera, Kirovabad, El Carmolí y Lorca”, Rafael de Madariaga Fernández, Aeroplano, nº 12, 1994