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El 5 de febrero de 2003, doce F-117 llegaron a la base de Morón (Sevilla). ABC publicó una fotografía el día siguiente donde se ve a los aviones aparcados entre palmeras, con la torre de control de fondo y su inscripción claramente legible (Base Aérea MORON Air Base Welcome / Bienvenidos) y una solitaria bandera española ondeando a lo lejos a la derecha. Increíblemente, según el pie de foto, "Fuentes de Defensa no quisieron confirmar ni desmentir la llegada de los F-117, pero subrayaron que en ningún caso "se ha traspasado el límite del convenio bilateral con Estados Unidos".
Los aviones procedían de la base de Holloman, en Nuevo Méjico, y estaban de paso. Iban camino de su segunda intervención en Iraq, doce años después de su aplastante actuación en la Primera guerra del Golfo. Esta vez la guerra se llamaba Iraqi Freedom, y continúa todavía.
El F-117 es la anteúltima versión del bombardero colonial. Si los rifeños de 1913 tenían fusiles para disparar contra los aviones españoles, los norvietnamitas tenían baterías soviéticas de misiles tierra aire guiados por sencillos sistemas de radar, que molestaron mucho a la fuerza área de los Estados Unidos en su tarea de regar Vietnam con aproximadamente seis millones de toneladas de bombas explosivas, napalm y agresivos químicos usados como defoliantes.
La respuesta a esta amenaza fue el F-117, un avión relativamente lento y no muy ágil, que solo se puede utilizar en guerras donde no existe la aviación enemiga. El F-117 comenzó su carrera en Panamá, en la invasión de 1989, y ha bombardeado desde entonces una media docena de países. Si el Stuka (un avión parecido en concepción) usaba el bombardeo en picado para conseguir precisión, el F-117 la obtiene utilizando bombas inteligentes. Estas bombas están dotadas de un sistema de impulsión, aletas para maniobrar en el aire y un mecanismo de guiado al objetivo mediante coordenadas GPS. El piloto las deja caer y se olvida del asunto. A veces se sacaban películas de estas bombas entrando por la ventana de algún bunker iraquí. Los oficiales de relaciones públicas de las fuerzas norteamericanas se las enseñaban a los periodistas y enviaban copias a todas las televisiones del mundo. La escena acababa siempre con el colapso del edificio entre una enorme nube de polvo, en completo silencio (las películas eran mudas y en blanco y negro).
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