"Las rutas de Aviación nacional son siempre triunfales, la victoria es nuestra fiel compañera. Con la ayuda de Dios venceremos pronto". Así terminaba la Orden General del Ejército del Aire el 23 de febrero de 1938, firmada por el general Kindelán, que conmemoraba el final de la batalla de Teruel.
Además de Dios, los nacionales contaron en esta ocasión con la ayuda de la tecnología avanzada alemana, en la forma de tres o cuatro Stukas que intervinieron en los últimos días de la batalla. Los soldados republicanos españoles fueron pues los primeros que sufrieron los aterradores picados de este avión, diseñado para dejarse caer como una piedra sobre las posiciones enemigas.
El modelo "A" del Stuka que voló en Teruel era la versión inicial del avión. Las enseñanzas de España confirmaron la necesidad de mejorar considerablemente el aparato. La versión siguiente, "B", tenía un motor mucho más potente y mejoras en el sistema de recuperación del picado. Algunos ejemplares de esta versión definitiva participaron en las últimas batallas de la Guerra Civil.
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