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El bombardeo de Trípoli en 1986 fue desencadenado como castigo por un atentado terrorista en una discoteca de Berlín tras el que se vio la mano libia. La operación derivaba tanto de la experiencia adquirida en las operaciones de castigo de tribus rebeldes en Waziristán o Marruecos de los años 20 como de los bombardeos por sorpresa de Berlín y Tokio en los primeros años de la segunda guerra mundial. El objetivo del ataque era el habitual en estos casos: acabar con la sensación de invulnerabilidad e inflingir terror en el ánimo de los enemigos.
El ataque se llevó a cabo con bombarderos F-111 procedentes de una base en Inglaterra. Margaret Tatcher se ofreció gustosa a prestar ayuda a su correligionario Ronald Reagan, mientras que otros países más melindrosos como Francia y España se negaron a prestar su espacio aéreo y obligaron a los aviones a dar un gran rodeo por el estrecho de Gibraltar, con gran gasto de reabastecimientos en vuelo. El ataque nocturno sólo duró unas horas. La intención oficial era emplear una precisión “quirúrgica” en la colocación de las bombas sobre objetivos militares, entre los que se incluía la residencia del coronel Muammar el-Gaddaffi. Al final, como era previsible, decenas de civiles murieron, entre ellos una hija pequeña del líder libio.
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