Iberia LAE fue una de las primeras compañías en interesarse por el nuevo 747, a finales de 1966 o comienzos de 1967. Planteó inicialmente la compra de dos unidades del llamado “Jumbo-Jet”. La aviación civil seguía siendo por entonces un departamento del Ministerio del Aire, dirigido por un general de división. Pero mientras que la aviación militar adelgazaba, la civil engordaba de manera impresionante, como probaba la compra de estos enormes aviones de dos pisos.
El nombre Jumbo Jet fue adoptado informalmente por Boeing para indicar el carácter enorme y amistoso de su máquina voladora. Jumbo había sido un elefante sudanés deportado primero a París y luego a Londres, donde se hizo famoso llevando a un millón de niños británicos, incluyendo a Winston Churchill, sobre su lomos. Adquirido por Barnum para su espectáculo mundial, murió en 1885 en Ontario aplastado por un tren, no sin antes hacerlo descarrilar y matar al maquinista. Tenía solo 24 años, que es una edad corta para un elefante.
Los 747 de Iberia formaron pronto una pequeña parte de la fabulosa flota internacional de Jumbos que traía a España cantidades prodigiosas de turistas. A mediados de la década de 1970, el transporte aéreo empezaba a estar al alcance de todo el mundo. Un número creciente de personas de clase media de Europa Occidental y los Estados Unidos empezaban a considerar razonable hacer un largo viaje de vacaciones una vez al año.
Canarias fue un verdadero imán en aquellos años. Era una agradable mezcla de América, África y Europa bajo un suave clima subtropical. Los precios hoteleros eran muy bajos, gracias en parte a los bajos sueldos de la mano de obra indígena. El Estado español había favorecido la inversión en carreteras y construcciones para alojar a los turistas, así como en abastecerlas de agua potable y electricidad, aunque la depuración de aguas residuales tuvo que esperar algo más.
Las cifras de llegada de turistas se batieron una y otra vez. En aquellos años era frecuente en los aeropuertos el espectáculo de una delegación más o menos oficial esperando al turista número un millón, 5 o 20 millones. El desdichado era asaltado con ramos de flores y se veía obligado a posar junto a las autoridades locales.
Los tranquilos aeropuertos isleños se convertían en temporada alta en lugares de frenética actividad, con una frecuencia de despegues y aterrizajes que no andaba muy lejana de la de JFK, Charles de Gaulle u Heathrow. El aeropuerto de Gran Canaria era el de mayor tráfico de las islas y había recibido cuantiosas inversiones en pistas, terminales y ayudas a la navegación en los años 60, que lo habían convertido en aeropuerto internacional de primera categoría. El 27 de marzo de 1977, las FAG (Fuerzas Armadas Guanches), el brazo armado del MPAIAC (Movimiento Para la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario) colocaron una bomba en una floristería del aeropuerto que causó heridas a varias personas.
El tráfico pesado fue desviado a Los Rodeos, en Tenerife, un aeropuerto más pequeño encajado entre montañas y propenso a las nieblas. Tras una cadena de errores en el movimiento de los aviones por las saturadas pistas del aeropuerto, dos 747 chocaron y se incendiaron. Hubo casi 600 muertos, el peor accidente de aviación de la historia. Pocos años después se abrió al tráfico el Aeropuerto Tenerife Sur, a unos 70 kilómetros de Santa Cruz, en un lugar amplio y despejado junto al mar. Los Rodeos cambio de nombre para llamarse Tenerife Norte, y quedó reservado para aviones pequeños.