Pocas cosas hay tan placenteras como volar de Madrid a Donostia-San Sebastián en un ATR. Es pequeño, con una configuración de 2+2 asientos por fila, lo que significa que la probabilidad de no poder pegar la nariz a la ventanilla se reduce a un 50%. Vuela un poco más bajo y algo más lento que los reactores de pasajeros, lo que permite apreciar mejor los colores y formas del paisaje. El ala en configuración alta deja de ser un obstáculo para la visión. Por si fuera poco, sus motores de turbina emiten un agradable bramido de fondo.
El único problema de este tipo de aviones es que su consumo de combustible por kilómetro recorrido y pasajero transportado, al tratarse de máquinas de poca cabida en rutas cortas, es el más elevado de toda la aviación comercial. Pero también es cierto que el precio de estos vuelos también es de los más elevados del negocio, en proporción a la distancia recorrida.